La última visita de Zelenski a Washington puso de relieve la pregunta clave sobre la seguridad de los Estados Unidos y sus aliados: ¿aún tienen la capacidad industrial para sostener un conflicto de larga duración?
Las tensiones que ha traído la guerra en Ucrania desde 2022 ha impulsado a los países occidentales a que inviertan masivamente en la relocalización de la producción de explosivos, símbolo de un regreso a las políticas industriales y a la soberanía económica
Por: Stéphane Geneste
Más allá de las discusiones sobre la entrega de armas a Ucrania, la visita de Volodimir Zelenski a Washington puso de relieve un desafío económico importante: las capacidades industriales de los países occidentales. Según el Wall Street Journal, al menos 24 proyectos de nuevas fábricas de explosivos están actualmente en desarrollo en los países miembros de la OTAN. Una ola de inversiones que refleja una profunda revisión de la política industrial diseñada al término de la Guerra Fría. El tema no es la adquisición de armas sino su producción.
Las cadenas de ensamblaje de explosivos militares han desaparecido casi por completo del panorama occidental. Durante varias décadas, Estados Unidos y Europa han privilegiado las importaciones, convencidos de que una globalización de las cadenas de producción era económicamente más eficaz. Esta lógica ha afectado a la industria textil, la siderurgia, la química, pero también a la de los explosivos y las consecuencias son hoy visibles.
Los Estados Unidos ya no producen TNT, mientras que Europa solo cuenta con una fábrica. Antes poseía siete. Con la guerra en Ucrania, esta dependencia se ha convertido en un riesgo económico importante. Las tensiones en los suministros han provocado un aumento de los precios. En solo dos años, el precio del TNT casi se ha multiplicado por cuatro.
El regreso del ‘reshoring’, o la relocalización de las producciones estratégicas
Para responder a esta vulnerabilidad, los gobiernos occidentales están inyectando miles de millones de dólares para reconstruir una cadena industrial que ahora considera “estratégica”.
En Estados Unidos, tres nuevas fábricas están actualmente en construcción en Arkansas. El Reino Unido también prevé varias nuevas implantaciones para 2030. Estas inversiones se inscriben en una dinámica económica mucho más amplia: la del reshoring, es decir, la repatriación o regreso de producciones consideradas como estratégicas. Después de los semiconductores, las baterías o incluso las tierras raras, ahora son los materiales destinados a la fabricación de municiones los que se convierten en una prioridad de las políticas industriales occidentales.
El objetivo ya no consiste solo en ensamblar misiles o proyectiles. Los Estados buscan ahora dominar toda la cadena de valor, desde las materias primas hasta el producto terminado. Una estrategia destinada a reducir las dependencias exteriores y a garantizar la continuidad de la producción en caso de crisis.
Soberanía industrial, una inversión económica
Esta estrategia plantea, sin embargo, una cuestión esencial: ¿cómo relocalizar estas producciones manteniendo la competitividad en los mercados? La respuesta marca una ruptura con las décadas anteriores. Durante mucho tiempo, la lógica económica consistía en producir donde los costos eran más bajos. Hoy en día, los gobiernos aceptan un costo de producción más elevado si esto permite asegurar sus aprovisionamientos. Los montos que se puedan economizar pierden importancia en los indicadores que miden la productividad, pues ahora uno de los indicadores más importantes sería la capacidad de seguir produciendo cuando las cadenas de suministro globales sean perturbadas. No obstante, reconstruir una industria de explosivos representa un desafío considerable.
Las inversiones son muy elevadas, las normas de seguridad y medioambientales son particularmente exigentes y los procedimientos administrativos pueden durar varios años. El Wall Street Journal cita, en particular, el proyecto de una fábrica en Suecia: ya se han dedicado más de dos millones de dólares a los estudios y autorizaciones, y se necesitarán casi cinco años antes de que comience la producción. Al mismo tiempo, Rusia y China avanzan rápidamente. El Kremlin ha flexibilizado especialmente sus normas de urbanismo desde el inicio de la guerra para acelerar la construcción de nuevas capacidades de producción.
Los Estados occidentales no tienen más opción que acompañar financieramente esta reindustrialización. Al asumir una parte creciente en la financiación de esas inversiones, consideran ahora la soberanía industrial como una forma de seguro: la de poder seguir produciendo en momento de crisis. Una lógica que podría mañana extenderse a muchos otros sectores estratégicos de la economía, más allá de la sola industria de defensa.
